viernes, 21 de agosto de 2015

Hasta pronto, Capitán.



No eras el mejor. No eras el mas ortodoxo ni el mejor tirador. No eras el tipo por el que un aficionado paga una entrada por ver que genialidad te sacabas de las manos. Sin duda alguna no eras el mas espectacular. No eras el jugador que fuera a meter 30 puntos para ganar un partido imposible, no.

Pero eras uno de los nuestros.

Eras el reflejo de la ilusión de cientos de niños y niñas. El reflejo de que con mucho trabajo, con mucho esfuerzo y dedicación, con insistencia...se pueden cumplir los sueños.

Le demostraste a todos esos niños que el camino no es fácil. Te tuviste que ir fuera de tu casa varias veces, lejos de tu familia y tus amigos, para crecer y seguir peleando por conseguir tu sueño. Y al final lo conseguiste. 

Y nos lo pasamos en grande. Nos fuimos a Barcelona a jugar una Copa del Rey. Mientras los que íbamos a disfrutar de aquella experiencia en la grada tratábamos de sacudirnos los nervios previos al partido, en los videomarcadores del Palau Sant Jordi pasaban una y otra vez las fotos de los jugadores de la plantilla del Fuenlabrada que se iban a enfrentar al Real Madrid. Y ahí estabas tu. Y ahí estaba Álvaro y Laso... era un auténtico sueño hecho realidad. Aquella noche perdimos un partido, pero todos tocamos el cielo con la punta de los dedos.

Todos los muchachos de la cantera empezaron a creer que podrían ser como Javi; que podrían llegar a jugar en la élite española en el equipo de su ciudad. Y entonces te colocaron un montón de galones. Te hicieron Capitán y te colocaron en el centro del foco. Siempre he pensado que ese traje te venía grande. No porque no tuvieras la suficiente personalidad para llevarlo a cabo, sino que no tenías el carácter concreto para hacerlo; te faltaba un punto de mala leche para hacer ver a un mejunje de jugadores venidos de mil sitios diferentes qué era lo que tu sentías y que ellos no iban a comprender jamás. 

Llegaron los momentos duros, llegaron los problemas. Pero tu ahí estabas, dando siempre la cara. Cargando a tus espaldas con una dignidad ejemplar con todo el peso de la responsabilidad que te habían asignado.

Ahora, te sorprendes de la reacción de los aficionados por tu marcha. ¿Como podías ser tan ingénuo? Contigo se va un trocito de todos. El jugador que lo daba todo, quien ponía la cara mientras otros agachaban la cabeza y se escondían por el túnel de vestuarios. El chico de Fuenlabrada, lo mas puro en la cancha. Uno de los nuestros. 



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